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Un nudo en la garganta.


Mi papá siempre me dijo que pensara en otra cosa cuando sintiera un nudo en la garganta.

Lo repetía con la simpleza de quien cree que algunas tormentas se atraviesan mirando hacia otro lado. Pensá en algo lindo. No compliques las cosas. Ya va a pasar.

Y yo le creí.

Desde muy pequeña aprendí a construir refugios. A distraerme. A correr. A inventar pensamientos capaces de tapar el ruido que venía desde adentro. Aprendí a sonreír cuando sentía que me ahogaba. Aprendí a fingir que podía respirar cuando el agua ya me había llegado a la nariz.

Con los años me volví experta en escapar.

Pero hay noches en las que el cuerpo deja de obedecer.

No importa cuántas ventanas abra. No importa cuántas luces encienda. No importa cuánto intente convencerme de que todo está bien.

La sensación vuelve.

Siempre vuelve.

Llega a la misma hora, como una visita que conoce el camino de memoria.

Entonces el aire se vuelve extraño. Mi habitación se vuelve extraña. Mi propia vida se vuelve extraña. Y todo parece estar repleto de agua.

Miro mis manos y no entiendo que sean mías.

Pienso en las personas que amo y me resultan desconocidas.

Recuerdo momentos felices y no puedo creer que haya sido yo quien los vivió.

Algo se rompe.

Como si de pronto hubiera atravesado una puerta invisible y apareciera en un lugar donde nada tiene sentido. Donde ya no sé quién soy. Donde ya no sé qué estoy haciendo acá.

Y ahí está otra vez.

El nudo en la garganta.

Esperándome.


Próximamente....


Próximamente...


Próximamente...