pequeñas historias.


Querida Susi,

Elijo escribirte porque es la forma que encontré de protocolizar nuestra amistad. En estos días en que todo se vuelve más tangible, las cartas me acercan a vos. 

Anoche soñé cosas tan feas que me desperté llena de angustia. Una angustia punzante, fuerte, clavada en el pecho. Empecé a preguntarme qué pasaba, qué dolía, qué estaba haciendo presión ahí dentro. Busqué una respuesta, pero no la encontré. Seguí indagando, empujando un poco más, como si al insistir pudiera abrir alguna puerta… Sin embargo, el hueco seguía ahí.

Tal vez no era nada. Pero esa nada también lo era todo.

Son esos días en los que el frío baja, la neblina empaña los vidrios y el otoño empieza a insinuarse. Días en los que adentro duele, pesa, punza. Días en los que el camino parece no abrirse y una se encuentra perdida. Qué cosas se estarán limpiando. Qué cosas estarán cambiando. Me preguntaba.

Y entonces entendí algo, Susi. El problema era que no estaba pasando nada. Y cuando no pasa nada, estamos en paz. Todo es tan tranquilo que parece aburrido, casi rozando lo deprimido. Y vos sabés bien que yo no estoy acostumbrada a eso porque siempre estaba lista para la guerra. 

Y hoy no hay nada que hacer, nada que perseguir, nada por lo que correr. Pero la mente jala, jala fuerte, habla sin parar para que una no pueda habitar ese estado de tranquilidad.

Quién hubiera dicho que yo iba a estar escribiéndote algo así. Que iba a poder decir que hoy habito mi presente. Que no tengo más que este eterno ahora. Y ya no me preocupo, Susi. Ni por el pasado ni por el futuro. Estoy acá, en este instante. Y nada más.

La magia de mi mundo empezó cuando dejé de esperar para ser feliz. Dejé de creer que la felicidad estaba allá afuera en lo grande, en los diplomas o en el oro. Dejé de buscarla en los recovecos más insólitos. 

Y empecé a verla. 

La vi en el primer rayito de sol de la mañana, en el canto de los pájaros, en la tierra de mi jardín. Encontré la vida, Susi. En el desayuno. En la risa fácil que me saca mi perro. En la charla tan amable mientras compro pan. 

Dejé de correr.

¿Te acordás que yo no paraba nunca de hacer cosas? Un día descubrí que también podía frenar. Y en esa pausa apareció una parte mía que si hoy pudieras verla, quizás te costaría reconocerla.

Me alejé de los privilegios que creía tener por vivir en la ciudad. Las arañas y los insectos ahora forman parte de la comunidad de mi casa. La calefacción ya no es un botón. Prendo el fuego, Susi, y me quedo mirándolo. 

También me alejé de las malas noticias. Elegí contarme cosas lindas. Susurrarme canciones.

¿Te acordás cuando en el colegio me saqué un cuatro en música y juré que odiaba cantar? Bueno… ahora toco la guitarra y canto. ¿Podés creerlo?

Cuántas sorpresas encontré en mí cuando les devolví el poder a todas aquellas cosas que alguna vez rechacé.

Crucé muchos límites, Susi. Corrí fuerte para encontrarlos del otro lado. Ahora son distintos. Más amorosos. Me cuidan, me protegen, y cada día me invitan a ponerme en primer lugar.

Te diría que esos límites terminaron formando mi propio hogar. Pero ojo: no hablo de la casa donde vos me visitabas. Hablo de otro lugar. Uno que queda más adentro. Casi no tiene forma. Es invisible, pero lo siento.

¿Sabés por qué es tan lindo? Porque es mío. Soy la única que tiene la llave. Ya no cargo con la culpa de haber descubierto ese lugar, ni tampoco reniego por no tener invitados. Ni de paso ni permanentes. Porque entendí que nadie más que yo puede entrar.

Y ya no soy la misma, Susi. No como lo mismo, ni me visto igual. ¿Sabés por qué? Porque no aguanto más los tirones. Si me vieras ahora, tan suelta y desprendida, te preguntarías dónde quedó aquella chica tan encorsetada que conociste ese verano de 2013.

Es paradójico, pero no puedo mentirte: estoy más feliz y viva que nunca. Y a veces me da risa cuando caigo en cuenta que todo eso que perseguía allá afuera, estaba guardado en ese lugar del que te hablo.

Y vos también estás ahí.

Te extraño.


Olivio la vio y quiso salir corriendo. Se frenó. Se puso firme en su decisión. No quería volver, la quería a ella. Quería estar con ella.

Y yo lo miraba a lo lejos. Primero le susurraba “vení” y, luego, cuando veía que no se inmutaba ante mi mirada penetrante, comencé a alzar la voz, pero él permanecía inmóvil en la misma posición. No avanzaba hacia mí. Y yo me enojaba más y me preguntaba por qué no obedecía a mi llamado.

Y fue en ese momento que entendí que él estaba viendo a un mono.

Un mono grande, marrón, de ojos color chocolate amargo, que le decía: “no te muevas, ahora estás conmigo”. Y, claro, ahí entendí que ellos hablaban un idioma que yo no podía oír.

Olivio respondía que él quería volver. Le decía al mono que no lo elegía. Y el mono insistía fervientemente:

-No regreses con ella.

-Todo será igual.

-Son tiempos distintos.

-Es momento de que algo cambie en tu vida y, también, en la de ella.

-Sé valiente, Olivio. Podés no salir corriendo hacia sus brazos.

Olivio lo miraba fijo y parecía entender el mensaje que él intentaba darle pero, súbitamente, le agarra un ataque de risa. No podía parar de reír. Se reía a carcajadas. Le dolía la panza. Y el mono —atónito— le preguntaba:

-¿De qué carajo te reís?

Y exclamaba:

-¡¡Es en serio y profundo mi mensaje, Olivio!!

Olivio seguía riéndose y el mono se enojaba más y más con cada carcajada.

Finalmente deja de reírse, lo mira y le dice:

-Me causó tanto el hecho que creyeras que entre ella y yo solo existe cuerpo, materia, tangibilidad.

Y agrega:

-Me dio mucha gracia que creyeras que...

Pero las palabras se entrecortan porque comienza a sonar heavy metal muy fuerte y el mono no puede escuchar lo que Olivio le iba a explicar.

Y se desesperaba con cada platillo que hacía estruendos en su interior, mientras en cada sonido esplendoroso se iba perdiendo el mensaje.

El mono quería saber qué le había dado tanta risa. Qué los unía tanto. Y por qué él no podía dejar de sentirse vacío ante la
presencia de ellos dos juntos.

Fue entonces cuando algo comenzó a inquietarme.

Había algo extrañamente familiar en esos ojos color chocolate amargo. Algo conocido en la forma de insistir. En la necesidad de ser elegido. En el miedo que escondían sus palabras.

Y de repente comenzó a llover muy fuerte.

Las copas de los árboles se levantaban tan alto que, por un momento, el mono creyó estar trepándolas.

La tormenta se volvió feroz. El viento rugía. El cielo parecía partirse en dos.

Y entonces entendí.

El mono no estaba frente a Olivio.

El mono era yo.

Era la parte de mí que creía tener oculta. La que intentaba manipularlo para que me eligiera. La que quería convencerlo de que el amor podía perderse. La que necesitaba que algo terminara para justificar su propia soledad.

Esa tormenta fue el punto ciego de mi corazón. Me abrió el frío que llevaba en el alma y sentí la distancia que existía entre el amor y yo.

Sentí la lluvia caer por mis ojos.

Y me retiré acongojado, buscando respuestas a la soledad que me acompañaba y que Olivio había dejado en evidencia.


Son las dos de la madrugada. Una mujer agarra un bolso, una foto y un papel y sale de su casa. La piel se le eriza cuando abre la puerta y atraviesa la noche a esas horas. Apoya sus zapatos sobre el asfalto frío y húmedo, y en cada pisada se aleja esa puerta que cerró minutos atrás. Sube las colinas de la calle; su respiración también sube como al mismo tiempo baja. El aire ingresa entrecortado por su nariz. Achica los ojos y busca la luz entre tanta oscuridad. Sigue las luces que titilan y le marcan el camino. El frío le corta los labios. Se refriega la boca con su propia saliva y siente el sabor amargo de la sangre sobre su lengua. Atraviesa hileras de casas. Cuando encuentra amurado sobre una pared el número 668 se detiene. Sube los tres escalones de bienvenida. La escalera la recibe mojada y se lleva parte de sus rodillas al caer sobre ella. Se levanta, mira a su alrededor y no hay espectadores. Se pone de pie y toca la puerta. El ruido es fuerte y estridente. Abre los ojos grandes y el reflejo del metal de la campanilla se los devuelve a la cara. Se balancea hacia adelante y hacia atrás. El viento mueve su ropa y arrastra olor a humedad. En el pasillo se enciende una luz. Y se puede ver el reflejo de la sombra de una mujer envuelta en una bata. Se gira la manija y la puerta se abre. Las dos mujeres se miran entre sí con desconcierto. Una de ellas abre la boca lentamente:

-Busco a Cristóbal —dice.

-Es mi… mi… mi esposo —responde la mujer parada dentro de la casa.

-¿Podrías decirle que está aquí Mariana?

La mujer se da media vuelta, deja la puerta abierta y sube las escaleras. El aire frío que ingresa por su espalda la hace temblar. La bata de algodón no alcanza a cubrirle los brazos. Ingresa a la habitación. Sacude el cuerpo del hombre que está acostado durmiendo. Fuerte, cada vez más fuerte. Cuando abre los ojos le dice que en la puerta lo espera una mujer que dice llamarse Mariana. Él se incorpora sentándose con las piernas extendidas sobre la cama. Se queda mirando un punto fijo. Se levanta lentamente. Bordea el cuerpo de la mujer que acaba de despertarlo. Abre el armario y busca un bolso, una foto y un papel. Baja las escaleras. Sale de la casa. Cierra la puerta sin llave. La casa queda encendida detrás del hombre. La luz cae sobre la vereda vacía mientras dos sombras se alejan por la calle.


Sonó la campana laboral —como todos los días— e irrumpió de golpe en mi profundo sueño. Mi mente nublada y borrosa empezó a negociar: “cinco minutos más, yo te cubro, no pasa nada, no te vas a quedar dormida”. Y así fue como cedí ante mi propia manipulación y dormí más de lo acordado. Salí apurada. Llegaba tarde.Empecé a caminar rápido y me pareció una grandiosa idea acortar camino cruzando por el medio de la plaza.

Entonces vi la multitud. Vi ese maldito reloj de arena gigante, erguido como un mástil, marcando la espera obligatoria. Ahí caí en la cuenta: era viernes por la mañana. Viernes en el medio de la plaza. Día de ceremonia de perros y gatos. Te olvidaste, ¡¡sos boluda!!. Ahora no pasás más este tumulto —pensaba—.

La procesión en círculos estaba comenzando y los espíritus ya empezaban a danzar alrededor del reloj. No había ninguna chance de llegar a horario al trabajo. Cómo te vas a olvidar que el peor día para pasar por el centro de la plaza es el viernes a las ocho de la mañana, querida mía, me repetía mientras me moría por dentro de frustración y enojo.

Ya no podía tomar otro camino. Como bien sabía, una vez que empezaba la danza de los espíritus se bloqueaban las seis salidas que bordeaban los círculos. Y así tuve que quedarme ahí, esperando a que los granos de arena terminaran de caer. Quería huir. Quería gritar. Quería sacudirme a mí misma por no haberme levantado cuando debía hacerlo. Y yo quería atropellar a todos esos malditos gatos y perros casándose. Celebrando la vida. Qué mierda festejan —pensaba—. Cómo no se les agotan las ganas de celebrar. De dónde sacan tantos candidatos para todos los putos viernes hacer una ceremonia. No se dan cuenta de que el mundo no tiene cinco minutos extra para frenar a ver su paparruchada. ¿Por qué no eligen otro lugar?; ¿Por qué no lo hacen dentro de sus casas?. Todo eso me atravesaba la cabeza mientras el termómetro de la locura subía y la arena seguía cayendo, burlándose de mí y mi valioso tiempo. 

No soportaba la idea de frenar. ¿Parar para qué? El reloj ahí plantado como si fuera lo más normal del mundo, obligándonos a todos a hacernos un espacio. ¿Un espacio para qué? -me preguntaba-. ¿Para ver este espectáculo decadente? Amarse. Respetarse. Cuidarse mutuamente en las buenas y en las malas. Ellos solo entienden eso. Hacen lugar para el disfrute, la alegría y el amor. Qué cosa rara —pensaba— mientras apretaba fuerte los dientes.

Me preguntaba cómo serían mis días si fuese perro o gato. Digamos… ¿todos los viernes tendría que asistir obligatoriamente a celebrar el amor? ¿Una vez por semana debería poner cara de boba enamorada y decir “sí queremos”? 

La parte que más me sacaba cuando me agarraba la ceremonia era ver a los espíritus danzando. Me parecían tan descoordinados que me daba urticaria visual. Siete boludos de la mano, con coronas y flores, cantando y bailando alrededor del reloj. Patéticos.

Cada vez que me encontraba ahí un viernes a la mañana terminaba enojadísima. Me hacían pensar que nosotros éramos los equivocados: corriendo detrás de un presentismo impecable y haciendo malabares por cumplir. Cumplir con las exigencias. Cumplir con los estándares. Viviendo y creando separación e individualidad, ¿acaso no se trataba de eso la vida?.

Y estos perros y gatos yo los sentía re agrandados por mostrarse como una raza superior. Una raza que no distingue entre el otro y uno. Como que todos son lo mismo, ¡qué pelotudez!. Dan esas vueltas boludas con esos espíritus horribles y -lo que más bronca me da- es que aún haciendo esas payasadas ni siquiera lucen feos y los noto llenos de brillo y luz.  

Nada, en fin. Casarse es cosa de perros y gatos. Algo que nunca voy a entender. El paso se abrió. Por fin pude cruzar.


Era un día nublado, de calor intenso, el aire se cortaba a cuchillo y la humedad brotaba en cada partícula viva de sus células, resultaba una tortura el solo hecho de respirar. La espera se hacía eterna y la fila avanzaba a vapor. Se sentía presa del movimiento de las agujas del reloj y los minutos caían con cuentagotas. Y fue ese día, a esa hora, en ese lugar, cuando el hecho se consumó y la chispa se encendió en su interior. Sólo fueron necesarios unos segundos para que su corazón cayera detenido en ese par de ojos, en esos brazos, en esa mirada profunda y aguda que denunciaba todo sin pronunciarlo. Fue un instante que resultó eterno y efímero al mismo tiempo. Existía entre ellos prohibición de acercamiento, actuaban con cautela para no interrumpir la cadena de custodia del amor. Afuera todo parecía seguir su causa natural. Pero puertas hacia adentro, algo se había dado a la fuga. Algo estaba prófugo. Y eso que se voló fue el grito del espíritu. Gritó y voló tan fuerte que les sacudió la estantería completa. Un terremoto intervino de oficio la estabilidad emocional de los coautores. Uno enfrente del otro. Tentativa de todo y de nada a la vez, detenidos e inmóviles en sus cuerpos mientras la espera agravaba la pena y la agonía por sentir. Por sentir tanto en tan poco. Por el allanamiento repentino a sus emociones. Ese arrebato súbito e inesperado que no les dio lugar a la defensa. Y en el momento que ella se halló en sus ojos le sucumbieron las ganas de cumplir condena perpetua en su vida. Y a él esas nuevas pruebas le complicaron la existencia. Y así sentaron precedente en esa línea de tiempo de sus vidas y fueron partícipes necesarios de aquello que ocurrió en el aire sin más trámite.


Todos los años, cuando la vuelta al sol marcaba 365 días, llegaba el recordatorio constante de ese vacío. Un año más viviendo sin oxígeno. Un vacío que parecía llenarse con una rutina incuestionable, un amanecer y un anochecer repetido hasta el cansancio. Un año más escabullida y presa en esas cuatro paredes que juraba llamar hogar.

Cada vez que el calendario marcaba 28 de noviembre, todo se volvía tenue, oscuro. El nudo en la panza y en la garganta se acrecentaba y el día entero se volvía un constante recordar:

Todas las veces que quiso irse y no pudo,

Todas las veces que revolvió una olla en silencio mientras él miraba televisión,

Todas las veces que quiso gritarle y no pudo,

Todas las veces que aceptó un abrazo como recompensa de una cachetada, 

Todas las veces que quiso dejar de aceptar ese destino como único y no pudo,

Todas las veces que silenció su cuerpo cuando gritaba de dolor, 

Todas las veces que miró hacia un costado porque no encontraba la fuerza para poder aceptar lo que pasaba puertas adentro.

Era su cumpleaños número 85.

Y las cosas seguían intactas, como hacía más de cincuenta años.

Ese día no podía dejar de preguntarse qué hacía casada con un hombre que jamás le había dicho feliz cumpleaños, que jamás le preguntó cómo estaba y que nunca la hizo parte de su vida o de sus planes. 

Ella simplemente era un efecto colateral de un anillo en el dedo anular.

Se había levantado igual que siempre.

Pensó en hacer una torta de chocolate para no pensar, para apaciguar ese vacío interior que la amedrentaba por dentro.

Al mediodía puso los platos sobre la mesa.

Como todos los días.

Pero esta vez,

no se sentó.

Ya no pudo tragar —ni con agua ni con pan— esa realidad que le estaba costando la vida, la salud y la desintegración absoluta de su espíritu.

Ese día abrió la puerta de su casa.

Y empezó a caminar.

Primero lento.

Con miedo.

A duras penas.

Llena de dudas sobre cómo era caminar sin un hombre a su lado, sin alguien detrás de cuya sombra pudiera esconderse mientras, poco a poco, le quitaba el oxígeno.

Daba pasos torpes y gigantescos en busca de esa libertad, pero presa de sí misma por el valor que había perdido durante tantos años: inmersa en él, en sus reglas, en su vida, en su rutina, en su juego y en su forma de vivir.

Víctima de una dictadura sexual llamada matrimonio.

Caminaba.

Y en cada paso se llenaba de miedo, pero también de valentía. Porque en cada pisada veía alejarse esa vida que dejaba atrás: los golpes y el sexo que debía servirse en bandeja a la hora que dictaba el señor.

El aire le entraba por los pulmones.

Y le recorría el cuerpo entero.

Entonces lo entendió.

Era su cumpleaños número 85.

Y el regalo había sido su libertad.


Un día lluvioso. Las 7.30 am. Está tomando un café, con la cara triste y mirando un punto fijo. En lo único que piensa es qué pasaría si no estuviera aquí. Se da cuenta que quiere algo más. Algo más grande, sólido, corpóreo. Algo que no se evapore y no se termine en cuatro sorbos. 

-¿Qué desea? 

-Algo más -responde-.

De repente, mira el móvil y la pantalla le marca que tiene un nuevo mensaje en WhatsApp. El corazón se le acelera. Se cree invencible. Siente que ahora sí tiene más. 

-Un sándwich, por favor.

-Entendido.

-Ah, y un muffin de chocolate.

-Entendido.

-Ah, una cookie.

-Ah, y un pan de queso.

-Entendido, ¿desea algo más?

-Todo lo que sea posible desear -responde-. Pero, por hoy, así está bien.

Paga. Abre el mensaje. Se siente vacía nuevamente. Es que no lee nada que le permita saciar su deseo de más. No tiene nada. Sólo un sándwich, un muffin, una cookie y un pan de queso. Qué patética, tan invencible que se creía al ver el mensaje en la pantalla. Se come de golpe lo único que tiene. Aunque lo intente. el vacío no se llena. Es sólo eso. Un mensaje. Que no dice algo malo pero tampoco dice algo bueno. No genera expectativa pero tal vez desilusión. No deja entrever desinterés pero tampoco seguridad a corto, mediano ni largo plazo. Pff el futuro no existe. Piensa, "ya está". No nos casaremos. 

Come el último bocado de pan de queso, abre el WhatsApp y responde: 

-Jajajajajaja, holaaa!!! Cómo estás? *envía foto del café*

Piensa: ahí está tu café vacío, amargo y oscuro.

Como tu alma.


A ella, las luces en el camino le encandilan los ojos, y el ruido de la tribuna le tapa los oídos. Deja el corazón en el vestuario antes de ponerse la camiseta y entra a jugar sabiendo que no tiene nada que ganar ni nada que perder, dice que es sólo un juego y lo hace para divertirse.

Él entra a la cancha convencido de que ya ganó, con la cinta de capitán en su brazo más viva que nunca, apretada tan fuerte que lo deja sin aire en el corazón. Se dice a sí mismo que son las mismas jugadas de siempre, que el rival es fácil e igual a todos los anteriores. Tiene la certeza que no le presentará dificultad alguna. No tiene miedo, le sobra arrogancia pero le falta valentía para sacarse el escudo y jugar limpio.

Ella hace la misma estrategia de siempre y cree estar a salvo. Él se deja encandilar por el club de fans que está en la tribuna. Mientras tanto, ella, desea en silencio proclamarse la presidenta de su vida pero se esconde detrás de la indiferencia y distancia de la rivalidad del equipo contrario.

Él, poco a poco, empieza a contar los minutos para que termine el primer tiempo porque el partido le está costando más de lo habitual. Durante el entretiempo se pide a sí mismo no perder la cabeza, mantener la mente en el juego y no dejarse llevar por las emociones. De sólo pensar una derrota en la cancha, su vida se le derrumba. No puede permitirse flaquear en esta instancia.

Ella tiembla de miedo durante esos quince minutos eternos, empieza a sentir que no le funciona más la jugada de toda la vida.

Vuelven a la cancha. Él está más tenso que nunca y ella más relajada, pero los dos muertos de miedo. Miedo de no poder gritar lo que realmente les pasa en su interior, dos cobardes escondidos detrás de camisetas distintas llenos de ganas de jugar en el mismo equipo.

Él partido está empatado y falta poco para que termine. Él no puede no ganar, lo necesita para su ego, aunque esta victoria no le llene ni un gramo el alma. Ella dijo que jugaba por jugar y que le daba igual el resultado: "es solo para pasar el rato".

Faltan pocos minutos y todo sigue igual, nadie hace nada distinto a lo habitual; él sigue con su mismo juego de hace años y ella se esconde detrás de su sombra.

Les dan unos minutos suplementarios y… ocurre la magia. Ella mete un gol de media cancha sin siquiera poder creerlo. Un golpe inesperado y súbito sin que él pudiera preverlo de alguna forma. Lo deja boquiabierto y tirado en el pasto llorando como un bebé.

Él no puede dejar de pensar en "si tan solo hubiera entendido que este juego era distinto". Ella le tiende la mano y le dice: "no nos engañemos, acá perdimos los dos".


Cuando pienso en vos, siento tanto. Siento los recuerdos, los besos y las caricias, siento todo eso que alguna vez creí que podíamos ser y hoy ya no somos. La distancia se nos aproximó. Nos convertimos en extraños levitando en la superficie, que podrán esconderse detrás de excusas, pretextos o reproches, pero jamás podrán explicar con palabras lo que sienten y les recorre cada recoveco del alma. Hoy ya no nos encontramos porque nos limitamos a entendernos con palabras.

Hay cosas que nos pasan en la vida que no se pueden explicar con lógica y vos y yo somos una de esas: no nos explicamos desde la razón. Nuestras almas se anhelan, se sacuden, se deslizan, se entreveran, se recorren, se habitan y se aman eternamente.

No puedo ponerle un final lógico a algo que no tuvo un comienzo lógico. Por eso, elegí la manera que me dejara parada en el mejor lugar para no entrar en un laberinto sin salidas. No hay algo que pueda decirte para cerrarnos porque, en realidad, siento que sólo es un experimento desde la fisicalidad y no puedo discutir sobre algo que me resulta una mera ilusión. 

Desde que nos tocamos y sentimos por primera vez supimos que éramos algo sin palabras, que trascendía los límites de la
mente e iba más allá de la lógica. 

No me puedo despedir desde la razón y, hacerlo a tu forma, sería traicionar mi corazón sólo por cumplir con un protocolo que el ego te pide llevar a cabo. Vos y yo no tenemos burocracia, no existe la ley entre nosotros. Es insignificante y ridículo el esfuerzo que podríamos hacer para entendernos con palabras, porque siempre supimos que éramos algo más que veintisiete letras. Ese “algo más” no tiene bandera ni fronteras, no tiene ganadores ni perdedores y, mucho menos, tiene lógica. Trasciende el tiempo y el espacio. No tenemos ninguna explicación razonable y, por buscarla tantas veces, hoy ya no podemos sostenernos. 

La mente nos traicionó, pero somos algo totalmente distinto a la idea que ella nos arrojó de nosotros mismos. Somos el amor verdadero, ese que se siente en el aire y no se explica con palabras. Somos la mismísima fuente de expansión cuando nos abrazamos. Somos la entrega absoluta y la fusión intensa de nuestros corazones. Somos el agua del océano que se desboca y se canaliza por su propio movimiento. Somos el eterno reflejo de lo que tenemos dentro. No hay distancia entre nosotros cuando nos permitimos ser y sentirnos en esencia. No hay cabeza que nos separe. 

Hoy la realidad se nos impone y nos obliga a aceptar que no podemos integrarnos. El bucle de pensamiento obsesivo te aleja de mí, y yo, al no poder sentir en plenitud tu amor infinito, me alejo, me escindo, y en cada pedacito que nos escindimos, se muere una parte mía que fue tuya y una parte tuya que fue mía. 

Podríamos pasarnos la vida entera discutiendo la teoría pero nos dejaría en el mismo lugar que estamos hoy: separados en nuestros cuerpos físicos, con la impotencia de no saber qué nos pasó y cómo pudimos alejarnos, intentando limitarlo a la razón. Sin embargo, en nuestro interior podemos sentir que la respuesta es ese algo más grande que nos envuelve. 

Nuestro encuentro solo fue un rememorar, una prueba para que fuéramos más allá de la lógica, para entregarnos al misterio divino y confiar en lo mágica que es esta experiencia humana.

Pasarán las vidas, los años, los días y las horas, sin embargo, vos y yo nos vamos a seguir sintiendo. En paz, en amor, en armonía, en alegría por habernos cruzado, lo demás son cuentos mentales. 

Cuando miremos atrás, sabremos que fuimos el todo, la expansión ilimitada del espíritu y no hubo nada por fuera de nosotros.

En el contacto de nuestra piel se fundieron nuestros cuerpos para llegarnos hasta el alma, para derrumbarnos uno sobre el otro y sentir que nos quedaríamos allí la vida entera. Nunca hubo peligro, siempre estuvimos en las mejores manos, lo supimos desde el día que apoyaste la tuya sobre mi brazo. 

Lucharas incansablemente hasta amigarte con la idea que jamás peleaste conmigo, y siempre peleaste con tu mente o con mi ego, pero nunca con mi verdadera esencia que, en definitiva, es la nuestra. 

En la templanza de nuestros corazones siempre estuvieron las respuestas. Tal vez, algún día, entenderás lo que siento y estas palabras te resultarán obvias y hasta innecesarias. 

La plenitud del amor que nos despertó y nos convocó es la misma que sigue viva en mí y seguirá aunque el camino nos desencuentre. Porque cuando el amor te toca la puerta del alma, no hay llave que pueda volver a cerrarla. 

Te amo desde mucho antes que lo limitaramos a cinco letras y lo haré incluso cuando ya no existan.