Elsa & Alfredo.


Se encontraron caminando por la calle un día lluvioso de abril. Ella iba cargada de bolsos y de responsabilidades. Llevaba en sus brazos el peso de tantos años de callar, de silenciarse, de posponer y pausar su corazón. Él caminaba perdido, con la mirada difusa, escondido detrás de las sombras que no se atrevía a iluminar. Llevaba en sus brazos un profundo miedo disfrazado de enojo, frustrado por los cachetazos de la vida y con heridas viejas sin cicatrizar.

Pero ese día el cielo había orquestado una fiesta para ellos, una celebración que los pondría cara a cara...

Un limón del bolso se cae. Y luego otro. Y luego otro.

Ella empieza a perder la calma ante el inminente derrumbe de todo aquello que sostenía con tanta fuerza. En el intento de querer volver todo a su lugar, él se agacha y le ofrece su ayuda.

Esa primera vez que sus ojos se encontraron fue la mirada más corta, pero también la más eterna de sus vidas. En ese instante se vieron a sí mismos por primera vez a través del espejo del otro y supieron que la vida les traía una nueva partida para jugar.


Próximamente....


Próximamente...


Próximamente...