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Te invito a leer un rato


Querida Susi,

Elijo escribirte porque es la forma que encontré de protocolizar nuestra amistad. En estos días en que todo se vuelve más tangible, las cartas me acercan a vos. 

Anoche soñé cosas tan feas que me desperté llena de angustia. Una angustia punzante, fuerte, clavada en el pecho. Empecé a preguntarme qué pasaba, qué dolía, qué estaba haciendo presión ahí dentro. Busqué una respuesta, pero no la encontré. Seguí indagando, empujando un poco más, como si al insistir pudiera abrir alguna puerta… Sin embargo, el hueco seguía ahí.

Tal vez no era nada. Pero esa nada también lo era todo.

Son esos días en los que el frío baja, la neblina empaña los vidrios y el otoño empieza a insinuarse. Días en los que adentro duele, pesa, punza. Días en los que el camino parece no abrirse y una se encuentra perdida. Qué cosas se estarán limpiando. Qué cosas estarán cambiando. Me preguntaba.

Y entonces entendí algo, Susi. El problema era que no estaba pasando nada. Y cuando no pasa nada, estamos en paz. Todo es tan tranquilo que parece aburrido, casi rozando lo deprimido. Y vos sabés bien que yo no estoy acostumbrada a eso porque siempre estaba lista para la guerra. 

Y hoy no hay nada que hacer, nada que perseguir, nada por lo que correr. Pero la mente jala, jala fuerte, habla sin parar para que una no pueda habitar ese estado de tranquilidad.

Quién hubiera dicho que yo iba a estar escribiéndote algo así. Que iba a poder decir que hoy habito mi presente. Que no tengo más que este eterno ahora. Y ya no me preocupo, Susi. Ni por el pasado ni por el futuro. Estoy acá, en este instante. Y nada más.

La magia de mi mundo empezó cuando dejé de esperar para ser feliz. Dejé de creer que la felicidad estaba allá afuera en lo grande, en los diplomas o en el oro. Dejé de buscarla en los recovecos más insólitos. 

Y empecé a verla. 

La vi en el primer rayito de sol de la mañana, en el canto de los pájaros, en la tierra de mi jardín. Encontré la vida, Susi. En el desayuno. En la risa fácil que me saca mi perro. En la charla tan amable mientras compro pan. 

Dejé de correr.

¿Te acordás que yo no paraba nunca de hacer cosas? Un día descubrí que también podía frenar. Y en esa pausa apareció una parte mía que si hoy pudieras verla, quizás te costaría reconocerla.

Me alejé de los privilegios que creía tener por vivir en la ciudad. Las arañas y los insectos ahora forman parte de la comunidad de mi casa. La calefacción ya no es un botón. Prendo el fuego, Susi, y me quedo mirándolo. 

También me alejé de las malas noticias. Elegí contarme cosas lindas. Susurrarme canciones.

¿Te acordás cuando en el colegio me saqué un cuatro en música y juré que odiaba cantar? Bueno… ahora toco la guitarra y canto. ¿Podés creerlo?

Cuántas sorpresas encontré en mí cuando les devolví el poder a todas aquellas cosas que alguna vez rechacé.

Crucé muchos límites, Susi. Corrí fuerte para encontrarlos del otro lado. Ahora son distintos. Más amorosos. Me cuidan, me protegen, y cada día me invitan a ponerme en primer lugar.

Te diría que esos límites terminaron formando mi propio hogar. Pero ojo: no hablo de la casa donde vos me visitabas. Hablo de otro lugar. Uno que queda más adentro. Casi no tiene forma. Es invisible, pero lo siento.

¿Sabés por qué es tan lindo? Porque es mío. Soy la única que tiene la llave. Ya no cargo con la culpa de haber descubierto ese lugar, ni tampoco reniego por no tener invitados. Ni de paso ni permanentes. Porque entendí que nadie más que yo puede entrar.

Y ya no soy la misma, Susi. No como lo mismo, ni me visto igual. ¿Sabés por qué? Porque no aguanto más los tirones. Si me vieras ahora, tan suelta y desprendida, te preguntarías dónde quedó aquella chica encorsetada que conociste ese verano de 2013.

Es paradójico, pero no puedo mentirte: estoy más feliz y viva que nunca. Y a veces me da risa cuando caigo en cuenta que todo eso que perseguía allá afuera, estaba guardado en ese lugar del que te hablo.

Y vos también estás ahí.

Te extraño.


Mi jardín de flores amarillas estaba siempre abierto
para que pasaras a contarme un cuento.


Mi jardín de flores amarillas no dejaba de regarse
con la ilusión de que ya no fueras invitada
y te quedaras para siempre.


Soñaba que jugábamos y bailábamos
por horas.


Me abrazabas y cantabas,
nos reíamos como locas sin parar.


Cada día que pasaba,
yo te esperaba con mis flores preparadas.


Esperaba poder verte feliz y sonriente,
y que pudiera ser un para siempre.


Pero un día tuve que aceptar,
aunque me partiera el corazón,
que en ese jardín no habitábamos las dos.


Estaba yo solita, con mis flores margaritas,
pasándolas de agua,
mientras te esperaba.


Las tardes se pasaban y nunca llegabas.
Un día dejé de esperarte,
para poder crecer,

y amarte con total intensidad.

Y así fue que decidí teñir mis flores amarillas,
de color carne y hueso.

Llenarlas de colores de perdón.

Entonces pude ver que tenías otras flores,
distintas a las margaritas.

No eran las que yo regaba,
pero eran las tuyas.


Entendí que siempre me las regalabas,
a tu forma y tus tiempos.

Y pude ver que nunca dejaste 
que se marchitaran ni murieran.
Es por eso que hoy te digo:
gracias.


Muchas gracias por la vida,
la fuerza y la valentía.


Hoy mis flores ya no son amarillas,
ya no tengo un jardín lleno de margaritas.


Pero aprendí a visitarte
por el que lleva tu nombre,  
en paz, amor y armonía.


Todos los años, cuando la vuelta al sol marcaba 365 días, llegaba el recordatorio constante de ese vacío. Un año más viviendo sin oxígeno. Un vacío que parecía llenarse con una rutina incuestionable, un amanecer y un anochecer repetido hasta el cansancio. Un año más escabullida y presa en esas cuatro paredes que juraba llamar hogar.

Cada vez que el calendario marcaba 28 de noviembre, todo se volvía tenue, oscuro. El nudo en la panza y en la garganta se acrecentaba y el día entero se volvía un constante recordar:

Todas las veces que quiso irse y no pudo,

Todas las veces que revolvió una olla en silencio mientras él miraba televisión,

Todas las veces que quiso gritarle y no pudo,

Todas las veces que aceptó un abrazo como recompensa de una cachetada, 

Todas las veces que quiso dejar de aceptar ese destino como único y no pudo,

Todas las veces que silenció su cuerpo cuando gritaba de dolor, 

Todas las veces que miró hacia un costado porque no encontraba la fuerza para poder aceptar lo que pasaba puertas adentro.

Era su cumpleaños número 85.

Y las cosas seguían intactas, como hacía más de cincuenta años.

Ese día no podía dejar de preguntarse qué hacía casada con un hombre que jamás le había dicho feliz cumpleaños, que jamás le preguntó cómo estaba y que nunca la hizo parte de su vida o de sus planes. 

Ella simplemente era un efecto colateral de un anillo en el dedo anular.

Se había levantado igual que siempre.

Pensó en hacer una torta de chocolate para no pensar, para apaciguar ese vacío interior que la amedrentaba por dentro.

Al mediodía puso los platos sobre la mesa.

Como todos los días.

Pero esta vez,

no se sentó.

Ya no pudo tragar —ni con agua ni con pan— esa realidad que le estaba costando la vida, la salud y la desintegración absoluta de su espíritu.

Ese día abrió la puerta de su casa.

Y empezó a caminar.

Primero lento.

Con miedo.

A duras penas.

Llena de dudas sobre cómo era caminar sin un hombre a su lado, sin alguien detrás de cuya sombra pudiera esconderse mientras, poco a poco, le quitaba el oxígeno.

Daba pasos torpes y gigantescos en busca de esa libertad, pero presa de sí misma por el valor que había perdido durante tantos años: inmersa en él, en sus reglas, en su vida, en su rutina, en su juego y en su forma de vivir.

Víctima de una dictadura sexual llamada matrimonio.

Caminaba.

Y en cada paso se llenaba de miedo, pero también de valentía. Porque en cada pisada veía alejarse esa vida que dejaba atrás: los golpes y el sexo que debía servirse en bandeja a la hora que dictaba el señor.

El aire le entraba por los pulmones.

Y le recorría el cuerpo entero.

Entonces lo entendió.

Era su cumpleaños número 85.

Y el regalo había sido su libertad.