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Este blog tiene carne, tiene hueso, tiene nombre y tiene cara.
Y esa soy yo, Ana Paula o Pau o Ana.
Hoy me permito presentarme al mundo escribiendo. Mostrando una parte de mí que durante mucho tiempo censuré… y durante otro tanto creí que nunca iba a poder encauzar.
Encontré en las letras, en la escritura, mi vasija.
Porque todo ese océano infinito de sentir que me habita —y que a veces se vuelve tan inmenso, tan desbordante— encontró en la palabra una forma de ordenarse, de no arrasarlo todo, de no consumirme.
Escribiendo aprendí a habitarme.
A estar en presencia también en lo simple, en lo cotidiano, en lo que no siempre es profundo o existencial.
A dejar de enamorarme de historias que solo existieron en mi cabeza.
A no quedarme días enteros atrapada en heridas que no terminan de abrirse ni de cerrarse.
A no tragarme lo que siento…
pero tampoco derrarmarlo constantemente sobre los demás.
Escribir no solo me enciende el alma, también me cura el corazón.
Me ordena, me limpia, me devuelve a mí.
Me permite volar sin límites: crear historias mágicas… o teñirlas de dolor y realidad, sin previo aviso. En libertad. Sin reglas.
Ponerle voz a lo que siento fue la forma más honesta que encontré de sanarlo.
Y hoy elijo eso:
hacer arte con mi dolor,
con mi profundidad.
Darle sentido a esta imaginación infinita
que me habita.
Poder vivir mil mundos a la vez.
Encontré un espacio donde no hay límites,
no hay reglas…
y todo es posible.
Confluyen en él todas mis pasiones
y deseos más profundos.
Se llama
en lo hondo.